Maquinista Mute.
Soy el puerto de la orilla del mundo,
donde las gaviotas hacen costa
y brilla la Odisea de mi silencio.
No puedo morir;
no es mi tiempo todavía.
El miedo ancestral bebe del mar,
de la ansiedad de mi dolor,
y me deja a la deriva,
flotando en un mar de preocupaciones y desdichas.
Vuela alto desde mí la existencia,
con la nave de mi piel
y la arena blanca de la desolación.
El Caribe es testigo del amor
que despierta en la respiración de sus olas.
¡Jehová, nunca me has dejado!
Nunca he estado solo.
Nunca me he quebrado.
En mi viaje, vasto de horizontes y piratas,
nunca me he ahogado en las aguas frías del demonio.
Jehová, has estado allí,
salvando con tu mano
a la miseria de mi naufragio.
Acuérdate de mí;
el dolor golpea el mástil de mis plegarias,
hasta que de la borda cae mi nostalgia.
Solo sé quedarme con tu amor
en la escotilla de mi desdicha,
hasta que las velas baten
el lastre de mi desilusión.
Padre,
si la vida fuese así,
sin ti,
nunca te vería más allá del azul celeste.
Que me trague el viento y las olas;
que mi carne navegue rota,
hasta que el oleaje arroje mis restos
al muelle de la tormenta.
Solo así seré otra vez yo,
con las amarras sujetándome,
hambriento del despojo de un naufragio.
He sobrevivido por más de treinta años
al alquitrán de tu locura,
de la que también has sido víctima.
Sufres
y me lastras
hasta lo frío y oscuro del fondo del mar.
Es el mar azul turquesa
el que lava mi desolación de altamar.
Tú has tirado de mí con fuerza
hasta la orilla.
Tu mirada está vacía;
abrázame a pedazos,
antes de que sea carnada de un anzuelo
y alimento de peces corsarios.
He llorado tanto,
que he llenado el mar con mis súplicas.
¿Qué podría decirte,
si todo lo sabes?
El amoroso se rompe
porque no ha sabido reparar a un hijo.
Lo he intentado tantas veces,
que ya no sé cuántas veces he contado la arena del mar.
Escucha mi silencio, Jehová;
que la poesía respire profundo
en la miseria de un naufragio perdido.






