martes, 22 de marzo de 2016

A mi amado padre.


Las noches y los días se han sumado desde aquella vez que tu aliento se evaporó en un infinito.
Ya han pasado muchos atardeceres que uno a uno se han apagado delante de mis ojos.
Y muchos han sido los segundos que se han acelerado al paso del imperdonable tiempo que transcurre sin titubeos y distracciones.

Hoy estoy sentado en aquel lugar que tanto amabas.
No es un lugar que evoque a la nostalgia.
Nunca requeriste nada diferente que te hiciera especial o único.
Ese era tu secreto.
Secreto que a muchos hoy nos hace falta.

Escucho tu música.
Evocó los recuerdos de una infancia feliz al estar a tu lado.
Nunca comprendí como le quitabas al tiempo los momentos y los disfrutabas todos al escuchar las melodías que alegraban tu sangre.
Porque aquella música que te llenaba, era un seguro transporte a la tierra roja que te había visto nacer en el pasado.

Siempre tomaste el tiempo de un momento que nunca nos alcanza.
Y ahora  ese tiempo es imperdonable porque ya no más lo tienes.
Tiempo rencoroso que aletarga las pérdidas que siempre se sufren.
Y ahora soy yo quien quiere robar minutos al tiempo recordándote.

Las noches y los días se han sumado desde aquella vez que tu aliento se evaporó en un infinito
Y solo me resta escuchar tu música y evocar los recuerdos de un pasado que ya no existe.
Vuelves a vivir en una memoria que brinca alegre de jubiló cada vez que un corazón te extraña y te ama.
Hoy estoy sentado en aquel lugar que tanto amabas.
Muchos han sido los segundos desde que tu esencia se impregnó en el pasado que ya no más existe.

A mi padre amado.

Poesía
Miguel Adame Vazquez.
22/03/2016.





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