Han pasado tantos años,
ya no renace el manantial
donde lo dejé la última vez.
El pulso está roto,
el chubasco agrieta
a la tierra en su primer sorbo.
Las rodillas
ya no caminan con fuerza
por el viejo sendero.
Mi música no se apaga,
mis costillas son un caballo desbocado
que surca un desierto.
Llegó el colibrí,
todavía lo veo
en una bulliciosa mañana.
No tengo miedo,
a estas alturas
la noche oscura
es un alivio.
La espalda está torcida,
no importa,
empieza el amor.
“Poema del último poemario Oyamel de mis sueños” Donde aprendimos a quedarnos.

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