domingo, 28 de enero de 2018

Un amor desesperado.



Aprendemos palabras
repitiendo recuerdos que son gratos a la memoria
imitando lo que leemos de otros,
los mismos renglones
los mismos desvíos de un espacio obsoleto.

Limitamos a los gritos con exactos espasmos
¿qué es lo que dicen los demás de mí?
¿que es lo que me juzgan
esos repetidores que aman
ser todo menos ellos mismos?.

Es alto el precio por descubrir nuestras culpas
entre los errores de unos oídos sordos
que no se esfuerzan por liberar los lamentos
que a toda prisa se agotan
ante la inspiración de un ridículo verso.

Vicio audaz que con el tedio matutino
se dice disfrutar de cada palabra
con el café de la mañana
antes de tener que empaparse
del bullicio de diario de unos sórdidos lamentos.

Espías de remordimientos
que deshojan poco a poco los halagos
que se convirtieron en una condena infecciosa
por el mezquino momento en que se dice
que ya todo está escrito.

El talento siempre es sereno
menos cuando compite con otros,
ahí se trasforma entre las quejas hipócritas
de una acusación cada vez que exige como tributo
tenerme que leer de nuevo.

Mis manos están cansadas
de tener que sostener a un corazón piadoso
ante la turba que se pierden en la fiesta
sin apiadarse por un solo segundo
de aquel que decidió irse ayer.

Algún día dejaré de ver con estos ojos
tendré que conformarme con soñar con las caricias ajenas,
esas que se aferran para siempre
amado a ese el último renglón
de un amor desesperado.

Poesía
Miguel Adame Vázquez.
29/01/2018.
   


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Se vale la critica que propone.
El comentario que nutre. muchas gracias.