Las últimas lágrimas se fueron al cielo,
alcanzaron la luz que destella fulgores
en una oscuridad que se inunda
de un vacío impaciente.
Ahora miramos el cosmos
cómo sencillos mortales,
ignorando la grandeza de Dios,
como si fuera ajeno a nuestra naturaleza humana.
Hablamos de Dios en la hora que duele,
cuando la palabra es un gesto afligido,
cuando amamos con la ternura de una cría
a su madre en la ausencia del calor
y el arropo del frío.
Hablamos de Dios con odio y martirio,
como si solo fuéramos un hijo perdido,
olvidándonos de él cuando en la carne
reflejamos un deseo marchito.
Hablamos de Dios en las horas
de un recuerdo que tuerce a la conciencia
porque no sabe cómo sanar en el olvido.
Pronto estaremos mirando
el mar en su azul envidiable,
sintiendo el cálido abrazo del sol
cuando acaricia al frío.
Pronto tendré el pretexto perfecto
para olvidar en un rincón mis pensamientos,
ahí las últimas lágrimas no tendrán
el tiempo de evaporarse para regresar
como un río y regar a caudales a la mejor
versión de mi tierno cariño.
Solo el cosmos es un silencioso testigo
de la grandeza eterna ante las últimas lágrimas
que se fueron al cielo.
Poesía
Miguel Adame Vázquez.
01/08/2017.






