miércoles, 18 de julio de 2018

Erase una vez un hombre que con amor nunca olvida.




Erase una vez un hombre
que era callado, solo sonreía
aunque el martirio en su interior
fuese un grito en agonía.

Vivía en este mundo en el que nadie respira,
en donde nadie piensa, solo existen en el frío sin ningún asombro,
entre las miradas de muchos rostros,
entre tatuajes de sangre en las cenizas.

La penumbra siempre es silenciosa
no es como la turba escandalosa
o el gran opositor que nunca dormita,
su maquinación es un tahúr que gime
sin desaparecer por siempre de nuestra corta vida.  

Aún así,nunca seré un incrédulo maldito
creo en el corazón que no olvida,
que odia a la serpiente y su maldad fingida,
esa que se burla de la más pura ternura.

Mi esperanza es mi corona,
sílaba a sílaba la palabra se forma,
erigiendo amor, milagrosa
como una espada que en la paz reposa.

Ruega por mí, yo rogaré por ti,
lo haré en cada día y en cada noche
cada vez que sea necesario,
hasta que el valle gélido se ilumine en un destello
y tú, sin miedo me sonrías.

Quiero que el canto del gorrión anuncie
que la tempestad ha pasado a la calma,
después de ese naufragio inesperado
en donde el huracán no deja nada.
Nunca seremos despojo de la soledad,
no seremos esa palabra vana que flota en la calumnia
seremos invencibles,
como el viento ante la mirada que nunca termina.

Erase una vez un hombre
que con amor nunca olvida.
Miguel Adame Vázquez.
18/07/2018




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