sábado, 10 de junio de 2017

El viento.


El viento se confunde con el odio.
Poco a poco va escalando a solas por el aire.
El viento se hace un cielo que pronto va a quebrarse en millones de lágrimas que caen sobre de ti. 
El viento es cruel cuando la vida es solo cenizas.
El viento las sopla hasta apagar las velas de su tiempo y las esparce por todos lados lejos de aquí.

El viento se disfraza de muerte.
No es una corriente alegre, pues furiosa disipa a la risa que anda alegre sonriendo por ahí.
El viento agita las hojas de los árboles.
Quisiera poder derrumbar tus deseos maternales.
Y lograr que el árbol joven lloré porque es incapaz de florecer un poco más.

El viento apacigua los gemidos que te mantienen con el hambre de vivir. 
El viento arrulla a una soledad de cementerio.
El viento quisiera poder despertar a mis sueños a media noche y así olvidar que al otro día con un impulso salvaré a mis risas de la tormenta de ti. 
El viento te roba la memoria.
Con un soplido te grita los recuerdos de cada pedazo inconcluso de la vida que quisieras seguir.

El viento quisiera poder hacer que cayeran una a una todas las estrellas. 
Y así poder lograr que todos fuéramos huérfanos. 
Y al poder borrarnos la memoria, dejáramos de buscar en esa bruma todo lo que nos queda.
El viento quiere sofocarnos en los intentos de tenerlo todo.
El viento quisiera que no pudiera respirar más al aire que se ha apresurado sobre mí.

El viento tiene la última palabra.

Poesía.
Miguel Adame Vázquez.
10/06/2017.



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